El 11 de junio a las 12:30h. se inaugura "La ciudad intermedia", en la Sala Universitas del Edificio de Rectorado de la Universidad Miguel Hernández de Elche, gracias a la Beca Boomerang UMH.

 

Ese día, en La Sala Gris del mismo edificio, también tiene lugar la inauguración de la exposición "The Human Landscape" de Frans van Lent

Texto sobre la exposición "La Ciudad Intermedia", por Lourdes Santamaría:

Habría sido una palabra-ausencia, una palabra agujero, con un vacío excavado en el centro, vacío que se habría tragado todas las otras palabras. Era imposible pronunciar esta palabra; pero tal vez se la podía hacer resonar. 

 

Marguerite Duras. El amante, 1984. 

 

LA CIUDAD DE LOS SECRETOS

Una antigua leyenda oriental dice que cuando se tiene un secreto y este te quema por dentro y no puedes decírselo a nadie, hay que susurrárselo a un agujero de un árbol y luego taparlo con barro para que nunca emerja. En la película Deseando amar, de Wong Kar-wai (2000), el protagonista, Tony Leung, viaja desde Singapur hasta Camboya y pasea entre los vestigios de los templos milenarios de Angkor Wat hasta encontrar un agujero al que acaricia y penetra con su dedo. Acerca su boca a ese orificio erotizado y como si fuera un confesionario, o la boca de su amada, le cuenta de forma inaudible su secreto ardiente y helado al mismo tiempo. La música nos atraviesa los sentidos mientras vemos como Leung deambula por la ciudad sagrada en ruinas y la mirada del director se detiene ante una piedra con una cavidad, como incitándonos a contar en ella nuestros secretos indecibles y ocultarlos con barro. 

Pero los secretos son irreductibles, quieren salir a la luz como sea, y del légamo que apenas cubre el agujero surgen las hojas de hierba que como tentáculos se expanden por las piedras del templo, como la manifestación física y visible de un deseo inalcanzable, doloroso y eterno, que permanecerá en el tiempo más allá de la vida de quien lo susurró. El deseo secreto, revestido del aura del fetiche, se convierte en una intervención urbana, en una escenografía melancólica de la nostalgia. 

Caminar incesante, incansable. Caminar como un hombre que carga con unas maletas invisibles, caminas como un hombre que sigue su sombra. Caminar de ciego, de sonámbulo, avanzas con paso mecánico, interminablemente, hasta olvidar que caminas.

 

Georges Perec. Un hombre que duerme, 1967.

Elia Torrecilla, flâneur a la manera de Baudelaire, recorre las grietas de sus “Ciudades intermedias” como si fuera la intérprete intervencionista de la narrativa fragmentaria y fracturada de Las Ciudades Invisibles de Italo Calvino (1972), y registra minuciosamente cada “grieta-hueco-agujero-vacío-intersticio para sumergirse en el pliegue espacio-tiempo”, como ella nos indica, incluso de forma erotizada, buscando esas palabras-ausencia, palabras-agujero fetichizadas donde “surge el acontecimiento” inesperado.

Las series de imágenes con el registro de sus acciones/intervenciones en el espacio urbano están compuestas de fotografías aparentemente tomadas al azar o al descuido, pero que encubren una meticulosa planificación y captación de los detalles que habitualmente permanecen fuera de encuadre y de escena. Podrían ser los fotogramas desechados u olvidados de algún filme desconocido de super-8 amateur. Borrosos frames de tránsito o de tiempos muertos entre una acción que ya ha ocurrido y otra que está por suceder. 

Lo que se narra sin texto son las impresiones fugaces de lo cotidiano que cartografían un mapa indicador de quién es, donde está y por qué está en ese determinado “no lugar” en ese preciso instante, para evocar la ausencia de sí misma. Ella no puede ser filmada, registrada, enunciada; sólo se hace escénica elípticamente, en los márgenes, a través de sus botas agrietadas, siguiendo una imaginaria grieta que atraviesa el mundo a través de sus meridianos como Doris Salcedo presiente y visibiliza. 

Elia Torrecilla es una diletante de la espera que llega a los lugares demasiado pronto o demasiado tarde para ser enfocada con precisión; vaga por los márgenes de la realidad, siguiendo un guion que desconoce, interpretando una secuencia de algún filme que no puede localizar en su archivo visual, del que apenas tiene una sensación de déjà-vu. No importa tanto el descifrar la secuencia sino el sentir lo que transmite la imagen, la silent movie en un site specific. 

La artista habita y transita por espacios cotidianos y ajenos, escudriñando las grietas de los muros como haría Sophie Calle en sus intrincados espionajes, buscando el mensaje oculto en sus resquicios, entre ladrillos, yesos y hormigón, como una geóloga analizando los estratos sedimentados y rocas metamórficas, o como Gordon Matta-Clark aplicando su anarquoarquitectura a la deconstrucción sistemática de edificios.   

Lourdes Santamaría Blasco